Cristina Rivera Garza: Timbre

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Leí hace ya muchos años Drácula, la novela que Bram Stoker publicó en 1897, tan maravillada por las fechorías del pálido noble de Transilvania como por la eficiencia de los telégrafos europeos.

La novela, que intercala varios puntos de vista, se estructura a partir de la presentación de diarios y cartas de los distintos grafómanos que son sus personajes.

El abogado Jonathan Harker, quien va al castillo del conde Drácula para asesorarlo en cuestiones de bienes raíces, escribe largas cartas y un diario, el cual es posteriormente transcrito por su prometida y después esposa, la inteligente Mina Harker, sobreviviente a los deseos del vampiro.

Lucy Westenra, víctima mortal del conde, escribe; y también lo hace, profusamente, el doctor Abraham Van Helsing, un hombre de ciencia de origen holandés que viaja a Inglaterra, primero para asesorar a su ex alumno, el doctor Seward, con la extraña enfermedad de Lucy, y después para comandar al equipo que dará verdadera muerte al nomuerto, clavándole una daga en el corazón y cortándole la cabeza.

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